Amistades inevitables. 
 Por JOSÉ LUIS PARDO.  


            Coinciden en el mercado más de una docena de libros que abordan el 
            tema de la filosofía y la política desde variados y originales 
            ángulos que reflexionan sobre estas 'amistades peligrosas'. Son 
            análisis en los que aparecen nombres imprescindibles como los de Max 
            Weber y Nietzsche, o estudiosos contemporáneos como Bataille, 
            Foucault y Derrida. 


            Estamos tan acostumbrados a pensar que buena parte de lo que 
            llamamos en Occidente 'filosofía' ha surgido de un proceso de 
            secularización de las grandes religiones, que admitimos sin 
            demasiada dificultad, al narrar nuestra propia historia, que la 
            filosofía sustituyó a la religión en la tarea de proporcionar a la 
            acción política un fundamento legitimador, viendo en ello una 
            consecuencia de aquel decisivo acontecimiento para nuestro modo de 
            vida que constituyó la separación entre Iglesia y Estado. Se nos 
            olvida considerar que una tal 'sustitución' no equivale a cambiar 
            una cosa por otra: primero, porque la filosofía no es una religión, 
            y el no tener la acción política un fundamento divino sino humano es 
            de alguna manera un emblema de su falta de fundamento; segundo, 
            porque eso mismo -una política que no sea de derecho divino- 
            equivale simple y llanamente a la definición de 'política'. Y este 
            olvido, o esta confusión de la filosofía con la religión, no es 
            casual: es una tentación perenne para quien ejerce el poder de 
            buscar un discurso filosófico justificador de su acción que, 
            haciendo las veces de legitimación divina, le dispense de su 
            responsabilidad pública, porque la obligación de rendir cuentas es, 
            en última instancia, la evidencia de su falta de fundamentación.
            Correlativamente, existe tam-  bién la tentación, que afecta a los 
            filósofos que piensan sobre política, de entender su intento de 
            'fundamentación' de la acción pública en un sentido apocalíptico: 
            como si pensar 'filosóficamente' la política equivaliese a pensar en 
            la estrategia más conveniente para lograr su definitiva abolición, 
            pues la existencia y la necesidad de política sería, una vez más, la 
            huella que pone de manifiesto la carencia de fundamento suficiente 
            para la acción humana; como si la 'filosofía política' tuviese que 
            solucionar esa carencia eliminando teóricamente la política para que 
            ella se autoelimine algún día en la práctica. Las motivaciones del 
            político al requerir del filósofo este servicio son claras, pero en 
            el rencor teorético hacia la política que late en el filósofo que se 
            aviene a prestarlo religiosamente late, seguramente, el 
            resentimiento del intelectual venido a menos que se ve desalojado 
            del ventajoso puesto de consejero áulico del déspota al mismo tiempo 
            que cambia la púrpura cardenalicia por el modesto atavío de la 'mera 
            razón', que no solamente le aparta del favor de los poderosos, sino 
            que a veces -precisamente aquellas raras veces en las que la 'mera 
            razón' alcanza a constituir un contrapoder intelectual no sometido a 
            la razón de Estado- le convierte en su víctima.
            El siglo XX se inició, en lo que a esta cuestión se refiere, con la 
            lúcida reflexión de Max Weber. Desde entonces, se ha hablado mucho 
            del 'pesimismo weberiano'. Tal cosa consistiría en la conciencia de 
            que la razón, encarnada en los dispositivos sociales de la 
            modernización, precisamente por su capacidad para destruir y 
            desactivar los 'fantasmas del pasado' (es decir, las fantasías 
            legitimadoras del poder despótico), ha dejado tras de sí un 
            espantoso vacío -en donde se aloja un poder burocrático, 
            administrativo, gris y neutral, sin sensibilidad alguna para los 
            fines humanos de la acción- o, lo que no es mejor, ha convertido a 
            la razón misma en un nuevo 'fantasma' de la misma calidad que sus 
            antecesores y en pugna estéril con ellos. Se ve bien, por tanto, por 
            qué algunos hablan de 'pesimismo weberiano' para mentar esta 
            incómoda condición de la acción humana en la sociedad moderna que, 
            amén de haber perdido -por obra de la razón- los asideros religiosos 
            de su moralidad pública, ya no puede como antaño aferrarse a la 
            razón para deducir de ella una nueva moralidad que enjugue su 
            orfandad. Si se pudiera llamar 'trágica' a esta condición, ella 
            diseñaría el territorio en el que se ha movido en el resto del siglo 
            la reflexión filosófica sobre la política, cuyo mapa traza, aunque 
            muy parcialmente y con desigual fortuna, Michael Lessnoff en La 
            filosofía política del siglo XX. Los actores de este drama -Marcuse, 
            Arendt, Hayek, Popper, Berlin, Habermas, Foucault, entre otros- han 
            tenido que vérselas con los resultados de la modernidad que Weber 
            había puesto en el orden del día. De entre ellos, quienes de un modo 
            u otro han considerado que el marxismo era imprescindible para 
            hacerse cargo de esa herencia han concebido la 'política filosófica' 
            en términos de revolución, una palabra casi desaparecida hoy del 
            vocabulario y que designaba, desde Lukács hasta Marcuse, la heroica 
            acción de un sujeto histórico que sería capaz de apropiarse de todas 
            las estructuras que determinaban socialmente su individualidad 
            -igualando así la conciencia subjetiva y el conocimiento social-, 
            para finalmente liberarse de ellas en un proceso de autorrealización 
            sin precedentes. Como escribe acertadamente Celia Amorós (Diáspora y 
            apocalipsis), si el nombre de Sartre resurge una y otra vez como un 
            resumen simbólico de su siglo, ello no se debe a una afortunada 
            casualidad o a una personalidad privilegiada, sino a su intento 
            constante y a veces desesperado de encarnar esa conexión entre la 
            conciencia individual y la totalidad social, y de hacerlo 
            respondiendo infatigablemente a todas las cuestiones sociales 
            surgidas en su tiempo; de ahí, también, su inmersión en todas las 
            aporías metapolíticas de su época, que son los jirones de una 
            autobiografía intelectual que ha preferido, en un ejercicio de 
            innegable coherencia, arriesgarse a tomar el partido equivocado 
            mejor que permanecer como un observador falsamente imparcial.
            A la sombra de las desventuras históricas de la 'filosofía 
            revolucionaria' -y especialmente del ocaso de todos los candidatos a 
            ocupar el puesto del proletariado decimonónico una vez desaparecido 
            éste-, han ganado adeptos los pensadores liberales que, como John 
            Rawls, prefieren ver la política occidental como el resultado de una 
            evolución de la reflexión moral que, desde Hume hasta Hegel, ha 
            cristalizado en una sociedad democrática y autocrítica que ha de 
            funcionar de hecho como límite de toda pretensión de 'vuelo 
            especulativo' por parte de la filosofía que quiera pensar la 
            política. Es decir, que la filosofía política no tiene que imaginar 
            un modelo que la sociedad deba imitar por vía revolucionaria, sino 
            esforzarse en modelizar lo que hace a las sociedades democráticas 
            preferibles a cualesquiera otras. Lo que no evita que este modelo, 
            que raramente se confunde con la realidad histórica y política de 
            dichas sociedades, pueda funcionar él mismo como un 'velo de 
            ignorancia' que nos impida ver -salvo como defectos empíricos sin 
            relevancia teórica- todo lo que nuestras sociedades tienen de menos 
            modélico. En este sentido, un tercer envite de la filosofía política 
            contemporánea es el que procede de Nietzsche y, en particular, de la 
            lectura 'política' de Nietzsche propiciada respectivamente por 
            Martin Heidegger y por Georges Bataille, ellos mismos resúmenes 
            también de todos los equívocos filosófico-políticos de su tiempo.
            La enorme capacidad de in-  fluencia intelectual de estas lecturas 
            se debió al hecho de que detectaron muy pronto una falla en los 
            proyectos 'revolucionarios', y no precisamente la que preocuparía a 
            un pensador liberal: vieron en el intento de lograr una victoria 
            final de la razón en la historia el aspecto sombrío de una 
            aniquilación completa de la oscuridad, que no solamente podría 
            ocultar -como sugirió primero Adorno- un miserable olvido de todas 
            las víctimas del progreso histórico, sino que albergaba un proyecto 
            de supresión de la diferencia y la alteridad que hacía rebelarse y 
            resucitar bajo nuevas formas a los antiguos dioses eclipsados por el 
            monoteísmo triunfante. Es suficientemente conocido el modo en que 
            Heidegger interpretó a Nietzsche como el profeta del nihilismo que 
            afectaba a Occidente como destino, pero no es menos importante la 
            intención, reconocida por Bataille en los fragmentos ahora 
            traducidos como La oscuridad no miente, de apoyarse en el legado de 
            Nietzsche para 'fundar una nueva religión'. Y tiene toda la razón 
            Gianni Vattimo (Diálogo con Nietzsche) cuando describe las últimas 
            décadas del siglo XX como un progresivo abandono de aquella presunta 
            'política nietzscheana' en beneficio de un Nietzsche puramente 
            'estético' y de su metafísica del artista, transición que puede 
            leerse tanto en el desplazamiento de Foucault desde su filosofía 
            política de los años setenta (véase, por ejemplo, el curso sobre Los 
            anormales) hacia la 'estética de la existencia', como en lo que 
            podríamos llamar la 'nueva filosofía moral' inspirada en el último 
            Bataille o en Levinas, en la cual se formula el ideal de una 
            comunidad imposible, inoperante o impolítica, tal como aparece en la 
            obra de Jean-Luc Nancy, o de una justicia infinita e irreductible al 
            Derecho como la que intenta dibujar Jacques Derrida. Si los 
            marxistas creyeron, quizá ingenuamente, que la metafísica era 
            necesaria para cambiar políticamente el mundo, y los liberales que 
            en política había que prescindir de la metafísica para que el mundo 
            no empeorase, los nietzscheanos han promovido un suplemento 
            ontológico de la política cuya mayor virtud y defecto parece 
            consistir justamente en su inoperancia práctica (no es ni el modelo 
            al que las sociedades deberían someterse ni el que hay que extraer 
            de su evolución histórica), en su gloriosa imposibilidad 
            anti-utópica, en su condición de 'obra de arte'. Y quizá tenga que 
            ver con esto el que Félix Duque, en su Arte público y espacio 
            político, desde un punto de partida heideggeriano (aquella época en 
            la cual el arte no era otra cosa que la estructuración del espacio 
            político todo), investigue la génesis de nuestra noción actual de 
            'arte', transida por el fracaso del 'sujeto revolucionario' (el 
            pueblo) sustituido por ese híbrido de individualismo romántico y de 
            moralidad burguesa que sería 'el público', para desembocar en un 
            arte cuya función es precisamente la de poner de manifiesto -ya sea 
            erigiendo memoriales o levantando parques temáticos- la falsedad, la 
            insuficiencia y la enfermedad social que todo espacio político 
            intenta ocultar, y a la cual, sin duda, el arte -en su específica 
            forma de sacralidad profana, tecnologizada y urbana- no ofrece la 
            menor alternativa.En cualquier caso, los gran-  des nombres que nos 
            han servido para evocar las 'amistades peligrosas' de la filosofía y 
            la política, incluidos los que se han visto atrapados en los peores 
            laberintos de esta intrincada región, sea cual sea el juicio que la 
            posteridad haga sobre sus compromisos, se han visto inmersos por 
            propia voluntad (e incluso por la propia dinámica de sus proyectos 
            teóricos) en la tenebrosa realidad política que les circundaba. Nada 
            podrá evitarles la responsabilidad contraída por sus elecciones. 
            Pero acaso nos convenga, especialmente con vistas al futuro, 
            distinguir entre una mala elección política (ahora que sabemos que, 
            a diferencia de lo que parece pensar Alain Badiou, la filosofía no 
            garantiza una elección política correcta) y la peor de todas las 
            elecciones, la elección filosófica de una no-política alimentada por 
            ese rencor teórico del que hablábamos al principio. Porque, incluso 
            sustentada en las mejores intenciones, esa elección fatal de lo 
            no-político coincide demasiado con los intereses de las fuerzas 
            oscuras que en nuestra propia actualidad promueven una desaparición 
            efectiva de los espacios políticos y su sustitución por parques 
            temáticos y memoriales funerarios. Puede ser que, como sugiere 
            Yolanda Ruano (La libertad como destino), haya llegado el tiempo de 
            entender que el mensaje de Max Weber -que no podemos asirnos 
            ciegamente a la razón ni a los fantasmas por ella combatidos- no es 
            'pesimista', sino que sitúa a Occidente ante la necesidad de asumir 
            su mayoría de edad, por muy doloroso que resulte para cada cual 
            aceptar la realidad de que no queda cosa alguna a la que asirse. 
            Pero esa trágica realidad es justamente la condición de existencia 
            de la política. Si tuviéramos algún asidero, la política no nos 
            haría falta. Sería mejor, desde luego, tener asideros que necesitar 
            política (y por eso comprendemos a quienes aspiran a una supresión 
            de la política y a sustituirla por un firme asidero). Pero eso es 
            justamente lo imposible.



                  Lo imposible. Georges Bataille. Traducción de D. Jelenic, con 
                  un ensayo de E. Tibloux. Arena. Madrid, 2001. 172 páginas. 
                  10,85 euros. La oscuridad no miente. Georges Bataille. 
                  Traducción y selección de I. Díez de la Serna. Taurus. Madrid, 
                  2002. 252 páginas. 18 euros. Diáspora y apocalipsis. Estudios 
                  sobre el nominalismo de J.-P. Sartre. Celia Amorós. Institució 
                  Alfons el Magnànim. Valencia, 2001. 345 páginas. 11,42 euros. 
                  ¡Palabra! Instantáneas filosóficas. Jacques Derrida. 
                  Traducción de C. de Peretti y F. Vidarte. Trotta. Madrid, 
                  2001. 103 páginas. 8,50 euros. Hacia el nacimiento de la 
                  tragedia. Héctor Julio Pérez López. Res Pública. Murcia, 2001. 
                  310 páginas. 12 euros. Arte público y espacio político. Félix 
                  Duque. Akal. Madrid, 2001. 172 páginas. 11,25 euros. Los 
                  anormales. Michel Foucault. Traducción de H. Pons. Akal. 
                  Madrid, 2001. 343 páginas. 20 euros. La filosofía política del 
                  siglo XX. Michael H. Lessnoff. Traducción de G. Cano. Akal. 
                  Madrid, 2001. 446 páginas. 21,50 euros. La comunidad 
                  desobrada. Jean-Luc Nancy. Traducción de P. Perera, I. Herrera 
                  y A. del Río. Arena. Madrid, 2001. 206 páginas. 12,62 euros. 
                  Lecciones sobre la historia de la filosofía moral. John Rawls. 
                  Traducción de A. de Francisco. Paidós. Barcelona, 2001. 403 
                  páginas. 23,44 euros. La libertad como destino. El sujeto 
                  moderno en Max Weber. Yolanda Ruano de la Fuente. Biblioteca 
                  Nueva. Madrid, 2001. 238 páginas. 13 euros. Diálogo con 
                  Nietzsche. Gianni Vattimo. Introducción de T. Oñate.Traducción 
                  de C. Revilla. Paidós. Barcelona, 2002. 305 páginas. 17,13 
                  euros. Para leer a Foucault. Julián Sauquillo. Alianza. 
                  Madrid, 2002. 199 páginas. 8,11 euros. 


(Extraído de El país - Babelia, 16. marzo, 2002). 



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