José María Guelbenzu. 
 Por Luis García. 

 
            Madrid 14 de Abril de 1944. Estudios universitarios de Derecho y 
            Dirección de Empresas, que abandonó en 1964. Trabajó en la revista 
            Cuadernos para el Diálogo y como jefe de producción de la editorial. 
            Codirector de cineclub Imagen, comenzó a colaborar en diversos 
            periódicos y evistas literarias. En 1967 fue finalista del Premio 
            Biblioteca Breve con El Mercurio, su primera novela. Ha publicado 
            hasta la fecha diez novelas, La noche en casa (1977), El esperado 
            (1984), La mirada (1987), La tierra prometida (1991, Premio Plaza & 
            Janés), El sentimiento (1995) y Un peso en el mundo (Alfaguara, 
            1999), El río de la luna fue galardonada con el Premio de la Crítica 
            1981 y La Tierra Prometida (Alfaguara, 2001).
             

             
            Introducción.-                       Es José María Guelbenzu un 
            autor que inspira el respeto de un profesor. Quizás sea su académico 
            porte (recortada barba incluida) lo que le confiere ese aspecto de 
            hombre ilustrado recién salido de algún manual de historia. Autor de 
            una extensa obra literaria que iniciara con El Mercurio en 1968, 
            novela que habría de quedar finalista el año anterior en el Premio 
            Biblioteca Breve, no se puede decir que goce del fervor popular de 
            otros colegas. No es un asiduo de los saraos ni de las tertulias 
            literarias, y como otros, generalmente los grandes, prefiere 
            quedarse en un segundo plano y demostrar su talento escribiendo. Si 
            que es cierto que puede que no resulte un escritor fácil de leer, ya 
            que une a su cripticismo un bagaje de novelista experimental que 
            poco o nada ayuda a popularizar su obra. No importa. Fiel a su 
            esquema, han tenido que pasar casi treinta años y varias novelas 
            para que se le reconociera en la arena aquello que ya se le había 
            otorgado en otros foros. La novela Un peso en el mundo pasará a la 
            historia, a su pequeña historia, como la del definitivo pistoletazo 
            de salida de un escritor con oficio que seguro aún tiene mucho que 
            contar. 
             Luis García .- José María Guelbenzu, un nombre propio dentro de la 
            narrativa española de los últimos años, y sin embargo un perfecto 
            desconocido, salvando a cuatro puristas, hasta que publicara en 1999 
            la novela Un peso en el mundo. ¿Por qué es tan cruel a menudo el 
            mundo de la farándula literaria?. No se entiende muy bien, porque 
            creo recordar que usted ya se había alzado con el Premio Plaza y 
            Janes... 
             José María Guelbenzu.-            Creo que exagera usted un poco 
            con ese salto tan fulminante. De hecho hay muchas más ediciones de 
            otros libros míos que de Un peso en el mundo. No puedo considerar la 
            idea de crueldad en el trato porque no es mi caso, no la he sentido 
            nunca; estupidez, sí; crueldad, no. En fin, en todo caso creo que 
            debemos diferenciar entre popularidad y éxito; y lo mismo que hay 
            éxitos populares, yo le diría que Un peso en el mundo ha sido un 
            éxito no-popular en la misma medida que lo fue en su día El río de 
            la luna. 
                                                           
            P..-                     Leí su novela Un peso en el mundo con el 
            escepticismo de quien desconoce su obra anterior (tan sólo la 
            conocía a ella y usted de referencias, y de la Escuela de Letras de 
            Madrid) y la sorpresa que me causó fue proporcional a la polvareda 
            que levantó en todos los círculos literarios de este país. ¿Sintió 
            que por fin alcanzaba aquello que se le había negado durante tanto 
            tiempo?. El ser un escritor público, la fama..., 
             J.M.G.-                   Yo lo único que deseo alcanzar es un 
            libro, un solo libro, del que me quede satisfecho; y aún no lo he 
            conseguido. El resto me resulta indiferente. Pero le voy a recordar 
            una frase de José Lezama Lima que para mí ha sido una regla de oro y 
            de prevención. Le preguntaron, tras el éxito de Paradiso, qué era lo 
            que sentía ahora, como famoso; y Lezama contestó: “Como soporté la 
            indiferencia con total dignidad, soporto la fama con total 
            indiferencia 
             P..                        Hay una frase en la novela, que a mi 
            juicio es demoledora, de esas susceptibles de convertirse en 
            máximas. "Si no puedes cambiar el mundo, entonces cambia de 
            conversación". ¿Hasta que punto se identifica con ella?. 
            J.M.G..-                   Prefiero no identificarme con ella; es 
            una frase cínica, lúcida y amarga. Es la frase de alguien que, 
            vencido, al menos no se resigna a perder el humor ni la lucidez. Yo 
            todavía no me he dejado derrotar 
             P..-                      1968 es para usted un año mágico: Acababa 
            de quedar finalista del Premio Biblioteca Breve con El mercurio (le 
            superó Carlos Fuentes con Cambio de piel). Era El mercurio una 
            novela nueva (vanguardista se diría ahora) que enlazaba con Tiempo 
            de silencio de Luis Martín Santos y que aventuraba una regeneración 
            literaria que llegaría mas tarde junto a otros autores como Félix de 
            Azua o Javier Marías. ¿Cómo se ve esa su primer obra ahora desde la 
            distancia?. 
             J.M.G.-            Como la obra de un escritor que lo que prometía 
            con ella aún no ha sido capaz de cumplirlo. Pero, aparte de eso –las 
            expectativas siempre son más generosas que la realidad- la recuerdo 
            como un momento mágico, maravilloso, irrepetible, porque en esa 
            escritura y en su entorno había una ingenuidad tan generosa como el 
            acto mismo de la creación. Y una ilusión semejante a la de Sir 
            Perceval cuando llegó a Camelot.
              P..-                      Salvando algunos títulos de transición,  
                La noche en casa, El esperado y La tierra prometida aventuraban 
            su primer éxito, pequeño pero éxito, con El río de la luna, novela 
            con la que ganaría el Premio de la Crítica. Ahora que aprovechando 
            el tirón de Un peso en el mundo comienzan a reeditarse estas 
            novelas, ¿no siente la tentación de rescribir alguna de ellas?. 
            J.M.G..-            Es imposible reescribir una novela. Es posible 
            escribirla de nuevo, pero no reescribirla. En todo caso, a mí, en 
            cuanto a mi obra de creación, sólo me interesa lo que está por 
            delante. Lo que sí he hecho es ir fijando ediciones definitivas, que 
            contienen correcciones y ajustes que en nada alteran la novela en 
            sí, de El mercurio, El río de la luna y La tierra prometida.  Para 
            volver a escribir una novela tendría que concebirla de nuevo y eso 
            sería siempre otra novela: entonces, sí; entonces lo haría. 
            P..-                    Siempre se ha sentido admirador de la obra 
            de Juan Benet, a quien considera como uno de los "grandes" 
            narradores españoles de este siglo. ¿Cuál fue su gran aportación a 
            la literatura española?. 
             J.M.G..-            Juan Benet fue, ante todo, algo que se ha 
            perdido en parte con su muerte: fue un referente para la narrativa 
            española; el único novelista que, en su escritura, no estaba preso 
            del mal del encierro, de la autarquía (también la literaria) en que 
            desgraciadamente vivía España, lo cual quiere decir que pudo ser un 
            ejemplo y una referencia desde el castellano para quienes vinimos 
            detrás, pues al fin disponíamos de un gran autor no necesariamente 
            extranjero ni necesariamente latinoamericano que podía medirse con 
            la mejor literatura de nuestro tiempo. Además, no ha habido nadie 
            que haya unido cultura y escritura en una misma persona como lo hizo 
            él. Y, por fin, hizo entrar en España, no por la vía de la 
            traducción sino de la lengua castellana misma, a dos figuras 
            seminales de la literatura moderna como son Proust y Faulkner, 
            perfectamente asimilados en su propia escritura.  
             P.-                       Si eso es así, ¿por qué fue tan 
            maltratado por la crítica?. ¿O cuando menos relegado a un segundo 
            puesto?. 
             J.M.G..-            Porque la crítica en España es mayoritariamente 
            naturalista y está incapacitada para entender un texto de Benet o de 
            cualquier otro escritor posterior al naturalismo y que no sea un 
            mero imitador de éste. El crítico, por lo general,. prefiere 
            insultar, despreciar o rebajar lo que no comprende, como le ocurre a 
            cualquier bruto. El criterio de la mayoría de los críticos es: “lo 
            bueno es lo que yo entiendo”. Como la literatura española es de lo 
            más naturalista en general, pues disfrutan muchísimo los unos con 
            los otros y se exasperan ante quien venga a romper el idilio. 
              
            P.-                      ¿Qué novela suya rescataría e impondría 
            como lectura obligatoria a los bachilleres de este país?. 
             J.M.G..-            ¿Imponer?. No me creerá usted capaz de eso...  
            Yo estaría dispuesto a enseñar a leer a cualquiera que lo deseara, 
            siempre que me den un aula y me paguen, claro está. Y entonces no 
            tendría que imponer nada, no sería necesario. Tengo bastante 
            experiencia en este asunto. Leer es un problema de curiosidad, 
            disciplina y concentración; y no es difícil engancharse a ese 
            esfuerzo si la oferta es capaz de mostrar sus encantos. El problema 
            es cómo hacer el enganche y, créame, no será leyendo cosas 
            obligadas; es más: yo empezaría haciéndoles escribir para poder 
            explicarles cómo escriben; no cómo se  escribe, sino cómo escriben 
            ellos. 
             P.-                        Usted, fue novelista a la par que 
            editor. Si conjugamos ambas facetas con la de lector, se produce un 
            cóctel de impredecibles consecuencias. ¿Cómo se conjugan las tres 
            profesiones?. Se lo pregunto porque salvando las distancias, cuando 
            un escritor se mete a editor es un poco como un jugador de fútbol 
            que se mete a entrenador, y combina las dos profesiones, algo que 
            está muy de moda últimamente, creando una imagen nueva dentro del 
            deporte. Pero uno siempre se pregunta dónde termina el entrenador / 
            figura y comienza el futbolista / figura. 
            Porque de profesiones estamos hablando. 
            J.M.G..-            Leer no es una profesión, al menos para mí, de 
            manera que quedan dos. Y la solución es fácil: ¿Ha leído usted “Dr. 
            Jekyll y Mr. Hyde”?. Pues sólo le queda adivinar quién es el editor 
            y quién el autor. 
            P.-                   Y cuando se disponía a leer un manuscrito,a 
            valorar su futura publicación, ¿el ser escritor, novelista en su 
            caso, le confería cierta ventaja a la hora de rechazarlo o 
            aceptarlo?. 
             J.M.G..-            Un buen editor no es más que alguien con 
            criterio suficiente como para rodearse de buenos lectores, 
            ayudantes, directores de colección y colaboradores. Yo tuve, entrené 
            y exigí a lectores muy variados y sólo tomaba las decisiones cuando, 
            tras la o las lecturas previas, leía yo el manuscrito o el libro de 
            que se tratase. Quiero decir que lo que llegaba a mis manos estaba 
            ya trabajado, por eso la importancia del equipo. En algunos casos ni 
            leía los libros porque ya sabía lo que eran y significaban y por qué 
            los buscaba. Un editor se ocupa de crear un proyecto cultural y una 
            imagen que lo represente. En todo caso, le recuerdo que yo fui, 
            sobre todo, editor de ensayo en Taurus. Mi incursión en la 
            literatura, al frente de Alfaguara, fue sólo de cinco años. 
             P..-                      También estuvo vinculado en sus inicios 
            con la Escuela de Letras de Madrid junto a Alejandro Gándara, Juan 
            José Millas, etc. ¿Cómo fue su experiencia como "profesor"?. 
             J.M.G..-       Buena mientras tuvo sentido el proyecto 
            pedagógico.Luego lo dejé.
             P..-               Cuando un novelista como es su caso, se 
            transforma en lector, que                       seguro que lo hará 
            en algunos momentos, ¿le resulta complicado el                       
             metamorfosearse?. 
             J.M.G..-           No. ¿Por qué?. Es como si me dijera que un 
            director de cine sufre alguna especie de transformación al ir al 
            cine. O que Duke Ellington tenía que hacer violencia sobre sí mismo 
            para escuchar a Woody Herman. Para mía son dos operaciones 
            perfectamente diferenciadas. 
             P..-                 Usted es autor de novelas sobremanera, es 
            decir, no suele escribir, o al menos publicar, relato corto. Dice 
            Luis Landero, otro gran novelista que tampoco se prodiga en el 
            relato corto, que esto es debido a que é es un autor de mundos 
            novelescos. ¿Es ese su caso?. 
             J.M.G..-            En efecto; cuando tengo una idea –y no creo que 
            vaya a tener muchas a largo de mi vida- prefiero aprovecharla para 
            una novela. Pero, hablando en serio: yo creo que una novela es la 
            representación literaria de una idea, de una idea poética, se 
            entiende. Una regla de oro de la novela es que en ella debe de haber 
            pensamiento “pero no se le debe notar”. Y cuando hablo de una idea 
            poética me refiero, por tanto, a aquella que se manifiesta por medio 
            de una imagen sugerente y abarcadora, no de un discurso lógico. En 
            cuanto a la representación, pues, para mí, es algo que necesita 
            espacio y desarrollo. Yo no sé escribir cuentos; quizá algún día 
            aprenda, cuando me canse de escribir novelas. Pero los leo con mucho 
            gusto. 
             P.-                 ¿Tiene algo de autobiográfico Un peso en el 
            mundo?. 
             J.M.G..-         Procuro huir de lo autobiográfico porque no me 
            considero especialmente interesante. Lo que sí habrá, como en 
            cualquier otro escritor desde que la escritura es la escritura, es 
            el trabajo sobre dos experiencias: la experiencia personal de lo 
            real  y la experiencia literaria 
             P.-                No es España, aunque lo parezca, un país de 
            tradición novelesca, al menos como se entendía  en el siglo XIX y 
            comienzos del XX en Inglaterra y Francia. ¿A que cree que es 
            debido?. Porque salvando dos períodos (la Generación del 27 y El 
            Grupo poético de los 50) tampoco se puede afirmar que esto fuese 
            debido a que estuviésemos volcados en la poesía o en el teatro. 
            J.M.G..-            No hay tradición novelesca y si hay tradición 
            literaria. No hablo de mejor o peor literatura sino de tradición. 
            ¿Por qué no hay novelas?. Yo creo que porque se consideraba un 
            género poco noble en un país de analfabetos. Al menos la poesía y  
            el teatro poseían la oralidad; la novela, no. En fin, que no 
            compensaba escribir novela. Y luego hay otras muchas razones que 
            sería pesado de exponer para mí y tarea mucho más fácil para un buen 
            historiador de la literatura. 
            P.-                Volviendo a Un peso en el mundo, he de reconocer 
            que su lectura me ha reconfortado como pocas novelas lo habían hecho 
            en los últimos años. Ese conflicto que se plasma desde el principio, 
            el inesperado desenlace... ¿Para cuando tiene previsto presentar una 
            nueva obra?. 
             J.M.G..-            Creo que en este mes de Septiembre aparece una 
            nueva novela bajo el título No acosen al asesino. Es una novela 
            policiaca “a la inglesa”, que es un género que me enseño a leer 
            después de los primeros escarceos con Salgari, el capitán Gilson y 
            Richmal Crompton, y que me enseñó mucho sobre el arte de escribir. 
            Es un homenaje que espero que no desluzca los originales. Es también 
            en libro escrito entre medias de un proyecto muy ambicioso del que 
            llevo la escrita una tercera parte. 
             P.-                  Y ya que hablamos de esta novela, tengo la 
            impresión de que estuvo mejor tratada por la crítica que por los 
            lectores. No era fácil verla en las listas de las obras mas 
            vendidas. ¿Siente alguna frustración saberse autor de una pequeña 
            obra maestra, y que se vea incapaz de hacerla llegar a mas gente?. 
             J.M.G.-             Ninguna. Un solo buen lector es suficiente. Uno 
            sólo que vea lo que tú has querido poner ahí y, de ese modo, te 
            reconozca y te devuelva tu trabajo, mejorado y ampliado con su 
            lectura, te compensa sobradamente. En cuanto a lo demás, le remito 
            al sentido de la frase de Lezama. A todo el mundo le gusta ser 
            reconocido, claro, pero en mi caso, no por cualquier causa ni por 
            cualquier gente. Un escritor define con su estilo al público que 
            busca.


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