Los deslumbramientos más infelices golpean los ojos incandescentes de la silueta de mujer flaca, morena, hosca, distante, inexistente en la laxitud de bronce viejo ante el túmulo mortuorio cubierto de flores marchitas.  Abajo donde la resolana   despide el vencido desplomar de luz pálida sobre el marrón de la tierra reseca, parece que la vida se ocultase yendo hacia el ocaso cárdeno o hacia el asombro.

   .-Mira -dice la mujer alzando los ojos hacia los maceteros con geranios blancos situados a cada lado de la cruz de hierro negro;  tú estás bajo tierra, y el desgraciado que te asesinó viene para burlarse.  Viene para que yo lo mate.  ­Muera el criminal!

   Se oye la voz arrancada de la quietud crepuscular que los pájaros ni siquiera se atreven a contestar, y el eco reverbera entre el follaje de los pinos, de los robles, del brezo y las retamas  respondiendo de manera tal que si un ejército de criaturas llenas de odio alzasen lanzones, picos y palos.

  Inesperadamente calla el rumor del vientecillo al rozar sobre los arbustos, cesan los gorjeos de los gorriones, se detiene el susurro del arroyo;  y para sorpresa de la mujer lo primero en aparecer es un cuervo revolando encima de la espadaña de la iglesia.  Ella lo ve alzar vuelo remontando los canchales, perdiéndose arriba del cerrito.  

  Por fuera del cementerio los chicos rebuscan lagartijas y despachurran gusanos.

  Ella nada ve ni escucha;  evita que lo que sucede fuera de su pequeño mundo conturbado pueda distraer el odio que colma sus sentimientos.  Nada tiene ella que ver con aquellos gritos y el jolgorio que asciende, cruza los muros del cementerio, las riberas del arroyo, el pinar y las huertas. 

  El tumulto de la chiquillería se percibe cada vez más próximo.  Palo en mano, un rubio pecoso de ojos atravesados dirige la tropa de malandrines;  le flanquea una turba de seis o siete furibundos  muchachuelos vociferando con voz de ratas apaleadas.

  .-Ahí, ahí -advierte uno asomando el hocico por la verja.

  .-¨Qué ves?

  .-"La Víbora".  Es la víbora que está rezando a su hermano...

  El que dirige el tumulto ocupa lugar prominente entre los barrotes de hierro que cancelan la puerta del cementerio.  Ve el bulto negro colocado de pie de espaldas a ellos, hierática y enhiesta en rigor de estatua, tal que si custodiase en semejante estaticidad un fortín inexpugnable, tan pétrea y sombría como el resto del campo de cruces que jalonan la extensión del recinto mortuorio, La  pérfida Juliana no regresa para verlos, pues los desprecia de igual manera que desprecia el resto de la vida circundante.

   Ojos achinados, mueca  maliciosa, el Pesadillas observa con detenimiento  la entera dimensión de la Víbora;  sospecha que la escurridiza mujer le expresa su cólera al muerto y decide manifestar su opinión en susurro al resto de la tropa:

   .-Dicen que Macario Rojas va a  dejar la cárcel.

  .-Así parece -contesta un moreno mocoso.

   .-Buena le espera a la Víbora si se topa con "el charro" -sonríe humeándole la boca  por lo que pensaba.  Puede que se arme una gorda.

  El súbito rugido aterrador de la mujer se descorre envolviendo el aire con eco de espanto. 

   .-­Maldito seas, asesino!

  Superado el sobresalto, el Pesadillas poniendo voz de hombre adulto, recita:

   .-Juliana, soy el Antonino.  Cuando venga "el charro" tienes que matarlo...  Yo te lo ordeno desde los infiernos donde me estoy pudriendo... ­Huuuuum, hummm!

  Con un engrudo de odio chispeante brincado desde los ojos de la mujer, ésta se revuelve disparando miradas de fuego hacia los arrapiezos que se escabullen tras las rejas de la puerta;  bravucona y exasperada, de buena gana la enjuta mujer se habría lanzado contra la tropilla de gamberros socarrándolos con el fuego de sus tizones oscuros.  

  .-­Hijos de mala puta!

  Era de esperarse que el exabrupto pusiera en fuga a los chicuelos, pero el Pesadillas sin acobardarse se enfrenta con la embravecida mujer, rugiéndole igual odio con su carita pecosa, los bucles algo enredados.

  .-­Víbora, mala pécora!  Por tu culpa mataron al antonino y metieron en la cárcel al Macario.

  Se agacha la Víbora agarrando con sus manos una piedra que estrella contra las barras de la puerta, resonando el impacto como un fustazo contra la hoja de metal.  En tanto el proyectil sale impulsado, se oye un rugido poderoso, un estruendo de relámpago eructado de la garganta de la mujer como si se tratase de un león rugiendo por matar y zamparse al picaruelo en el mismo acto.

   .-Maldito, canalla, aaaghh!

  Es suficiente para que el chicuelo atrevido ejecute un brinco sobre la marcha y gire para evitar que el pedrusco impacte en su cabeza, para luego inmediatamente retornar burlón a mofarse con ahínco:

   .-Eres una perdida, una golfa cochina...

  Piedra en mano y con el rencor en el rostro, Juliana se dispone a descalabrar al Pesadillas y apunta a su cráneo pajizo  arrojándola sin asco por entre las barras de hierro;  sólo que el desvergonzado en un rapidísimo girar vuelve a colocarse a buen recaudo.  El pedrusco tras impactar en el hierro cae de la otra parte rebotando mansamente sobre el pasto.  El Pesadillas lo agarra en el aire y se lo muestra a ella.  En un acto de  prestidigitador en lugar de mostrar la piedra le enseña a la arrebatada mujer una manzana silvestre.  Cordial y desvergonzado, el Pesadillas se la ofrece a la pérfida Juliana, y ella la ve rebotar junto a sus pies absolutamente incrédula.  Antes que reaccione, de la otra parte del recinto mortuorio se expande una onda de risotadas.

  Seguramente ya en el magro cuerpo de la agraviada no le cabe más odio.  Agarra del suelo otra piedra:  a toda costa desea partir en dos ese hocico  burlón.

  Se escucha el silbar del pedruscón volando hacia las rejas;  de repente al seco golpetazo metálico le sucede un chisporroteo surgiendo de la roca descuajada  extendiéndose en el aire, reventándose hecha migas hasta desmoronarse en miles de fragmentos por todas partes sin llegar a estrellarse en la infernal cabeza pajiza del muchacho que ni se ha movido de su puesto de vigilancia.  

   .-­Canalla, basura, hijo de mala madre!

  Se extienden en el aire reventadas las palabras ardientes de la Víbora, sin que lleguen a chamuscar con su odio la faz guasona del chico que la contempla más divertido por segundos.

  Entonces ella se agacha de nuevo, escarba en el suelo y no hallando piedra que arrojar se  deshace en gestos y aspavientos y comienza a correr en dirección a la puerta enrejada.  Revolando el oscuro pañuelo al viento, desmesurada la boca en un rictus de furor el Pesadillas ve que la mujer tiene un orzuelo en el párpado izquierdo y que sus ojos son negros y brillantes, muy parecidos a los de las  culebras, y que de la raja donde asoman puntos filudos y blancos escupe una baba venenosa.  Antes que acierte con la llave, el grupo de sinvergenzas se larga del lugar refundiéndose en cualquier parte, entre las ortigas, corriendo junto a los setos de los muros, saltando a la otra parte de la carretera, trepando calvero arriba.

   .-Me las pagaréis, ya veréis.  Os atraparé, cuando menos lo esperéis.

  Ninguno de ellos escucha las amenazas ni ve la decisión impresa en una faz reseca y oscura.

   El Pesadillas y el Mediolagarto se alejan del cementerio en dirección contraria a la que ha tomado Juliana.

   El firmamento empalidece arriba de las lomas pardas perfilando una línea rojiza matizada por tonos blanquecinos.  De entre los oscuros perfiles de los bosques ahora borrados por sombras asciende el canto alargado de una voz tosca que eleva su tonada monótona al callado orbe.

   "Ven morena graciosa,

  ven por agua al arroyo;

   ven por verte esta tarde

  que mañana es tu desposorio.

   Dame agua de tu cántaro,

  de tu cántaro dame agua;

 calma la sed de mi alma

 apaga esta pena que abrasa.

  Tú me prometiste una rosa,

  tú me prometiste, ingrata;

  y me has clavado una espina

  en mitad justo del alma. 

  Ven morena graciosa,

  ven por agua al arroyo;

ven por verte esta tarde

 que mañana es mi velatorio."

  El pastor desmembra su descarnada voz alzada entre los cencerros y esquilas del rebaño.  El chorretón de voz recorre en ecos el valle, se engancha entre las espesuras de los pinos y vuela más allá de las umbrías hasta hacerse eco de eternidad.

  El Pesadillas recoge al vuelo una ramita de geranio de un tiesto colocado en el alfeizar de una ventana, despachurrando al paso un brotecito verde entre los arrumbados pétalos amarillentos, mordisqueando el reseco esqueje.

  El mediolagarto, carraspea escupiendo los restos de la manzana amarga que hieren su garguero.

  .-¨Has visto cómo se ha puesto la Víbora?

   .-Está loca.

   .-También su hermano Cipriano está trastornado de la cabeza.

  .-Ya, los dos se volvieron guillados cuando lo de su hermano Antonino.

   .-Dicen que el Charro mató al Antonino porque  le iba a quitar unas tierras de su mujer, la Casilda  Pérez.  Entonces el Antonino era alcalde del pueblo y he oído que lo hacía en venganza porque el Charro en lugar de casarse con la Juliana  se metió con la Casilda Pérez para llevarse las tierras.

   .-Algo te suena, pero no es así.  La juliana estaba preñada del Macario cuando se enteró que  se iba a casar con la hija del Matías el Orejón...  Los Orejones siempre tuvieron las mejores tierras y las casas más sólidas, me han dicho.  Lo cierto es que la Casilda debía ser novia del Antonino y se la birló el Charro.  De ahí viene todo.  Cuando al Antonino le hicieron alcalde después de acabada la guerra se propuso hacerle la vida imposible al Charro, por eso que cuando hicieron la carretera nueva la trazaron sobre las huertas que fueran de los Orejones...  El Macario se lió a golpes con los dos hermanos, con el Antonino y con el Cipriano.  La cosa creo que pasó en la cantina de la tía Remigia.  El caso es que el Macario le estampó una silla en la cabeza al Antonino y lo dejó seco.  El Cipriano salió aullando y echando espuma por la boca al enterarse que su hermano estaba muerto.

   .-¨Y eso de que la Víbora misma sin ayuda de comadrona y en mitad del monte parió el hijo que era del Macario y lo mató y lo enterró en el huerto?

   .-Verdad es.  Yo mismo la he visto arrodillarse y rezarle.  Al pie de un ciruelo que hay junto a la pared donde tienen la casita de abobe en la que suele encerrarse el Cipriano es donde lo debió enterrar..

   .-¨Qué cosas, eh?  Y ahora resulta que al Charro  lo sueltan.

  .-Más de veinte años lleva en la cárcel.

   .-Pues la Víbora ha jurao que va a matarlo.

  .-Bah, mentira será.

  .-A mí estas cosas me dan miedo.

  .-No seas maricón.  Tienes que hacerte un hombrecito.  Si vas a estar conmigo tienes que ser bien macho, ¨entiendes?

  Y reptando entre callejas se encaraman a la pared del toril donde el semental de piel negra y ojos violentos copula con una vaca rojiza que a duras penas es sujetada de las narices por un joven fornido.

  El pastor del toril al percatarse de los arrapiezos encaramados a la pared los amenaza sin dejar de atender los empellones y pujas del animal por encaramarse al lomo de la esquiva vaca.

  .-Fuera de aquí, sinvergenzas.

  El reproche es cortado por el atronador irrumpir del estrépito que forma el auto de línea al cruzar entre nubes de polvo por la carretera que discurre a espaldas de los dos chiquillos alzados en la barbacana.

  Embebidos en las pugnas de la cubrición, no se percatan que desde una de las ventanillas laterales  del auto de línea una cara renegrida con hocico de ratón asoma sus narices y acierta a contemplar en el vertiginoso paso a los dos perillanes hechizados en el espectáculo.  De súbito Mediolagarto regresa para ver y se tropieza con aquel par de puntos fosfóricos perdiéndose entre los tendales de polvo y humo que desplaza la mole de hierro.

  .-Joder, creo que nos ha pescao el cura...

  Ya brincados a la carretera viendo irse a lo lejos y hacia abajo el auto, el Pesadillas que no ha visto nada, se deshace en reproches contra su correligionario.

  .-Ya estás cagándote.  ¨Cómo vas a ver al cura entre tanta polvareda?  Tienes tanto miedo que ves visiones.

  .-No, lo he visto.

  .-Bah, inventos.  Tienes mucha imaginación.  Los cobardes tenéis mucha imaginación.

   .-Pero si es verdad que lo he visto, te lo juro..

  .-¨Y si así fuera?

  .-miedo me da.  El cura dice que es pecado ver estas cosas.  Dicen que si vemos esto podemos quedarnos ciegos.  Pero también dice que es pecado mortal y que nos podemos condenar a ir derechitos al infierno.

  .-Inventos te digo.  Eso lo hacen para meternos miedo.

   .-Yo no quiero ir al infierno.

   .-No digas tonterías, al infierno no va nadie.  Mentira es todo lo que nos cuentan, te lo aseguro.  Entonces también el cura que estuvo antes que don Saturnino tendría que estar en el infierno.  Afirman los viejos y los que lo conocieron que tuvo una hija con una mujer que lo cuidaba y que se hacía pasar por su sobrina.

  .-Eso he oído.  Pero creo que al cura lo desterraron a un pueblo que se llama Tinieblas o Niebla o algo así.  También dicen que la mujer quedó sola y que la echaron del pueblo al monte.  Cuentan que se le murió la hijita por falta de ayuda pues parió sola.  Unicamente  un viejo velaba por ella, me cuentan.  

  .-Claro, el RENIEGAS, el borracho que suele andar tirado de tenada en tenada.

  .-¨Es cierto que cuando murió la hija derechita fue al cielo.

  .-No sé.

  .-A casarse con ella vino el cura después, pero se mató de pena por cosas que el corazón no entiende.

   .-Otra mentira.  La mujer del cura se marchó, y lo demás son cuentos.

  .-Pero el Reniegas jura que el mismo veló el cadáver del cura ahorcado y vio ascender a los cielos a la niñita..

  .-Tonterías de borrachos.  La verdad es que el cura se ahorcó, pero se quebró la rama y no murió.  Esto que te digo es lo cierto, lo demás son inventos de borracho o cuentos de vieja.

  .-Los borrachos dicen la verdad.

  El Pesadillas harto de que su amigo le venga con historias chupando los dientes, corajudo y molesto, desgarra una pedorreta, escupe al suelo y tras propinar una patada en el trasero a su amigo la emprende carretera abajo en pos de la estela que dejara el auto de línea.

   .-Vete a tomar viento con tus cuentos chinos. 

(Primer capítulo de su novela La Víbora). 

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